Somos lo que comemos

Paula Garramuño, nutricionista

«Somos lo que comemos» afirma un antiguo aforismo alemán. De acuerdo a este refrán la comida y las cocinas cumplen funciones mucho más complejas que sólo aportar elementos estructurales y/o energéticos a nuestros cuerpos. Es más, si comenzamos a observar más allá del qué comemos (incluyendo el cómo, con quién, cuándo, dónde, por qué y para qué comemos), podremos conocer bastante cómo nos relacionamos con el mundo y con nosotrxs mismxs; ya que cada alimento es un elemento que empieza fuera nuestro y que, al consumirlo, pasa a ser parte de nuestro cuerpo físico y simbólico (es decir, de nuestras emociones, experiencias, construcciones sociales y culturales, identidad, etc).

Entonces el pensamiento de SOMOS LO QUE COMEMOS también cobra sentido si se lee al revés, «comemos lo que somos» ya que, en estas construcciones, nuestros alimentos y cocinas también están influenciados por nuestros hábitos, saberes, vivencias, representaciones y nuestras realidades sociales, culturales, políticas y económicas. 

Así, el acto de comer se vuelve un entramado complejo de relaciones y representaciones,  donde la pertenencia a un determinado sector social, a una cultura regional, a una familia, a cierto nivel de ingresos, a una historia individual y una infancia vivida, con creencias e ideales particulares y colectivos, en un contexto social, político y económico, y en un lugar y tiempo determinados, entre otros factores, van moldeando los comportamientos, los gustos, las preferencias y los “modus operandi” en la mesa y las cocinas, dejando en claro que nos nutrimos de nutrientes, pero también de lo imaginario. Como decía Fischler, en las cocinas se encuentran la entidad biológica humana (producto de la naturaleza), y la entidad espiritual, dotada de pensamiento y razón, la cual es capaz de trascender las leyes naturales para construir la realidad. 

De igual manera, los cambios vertiginosos devenidos de la globalización y capitalismo han traído nuevos modos de vida y, por ende, han exigido una adaptación constante y dinámica de los seres humanos (y demás seres en la tierra) para sobrevivir a las exigencias de esta nueva era. En estos cambios las cocinas también se han reinventado ya que, por un lado permitió una apertura de las fronteras físicas y culturales pero, por otro, se viene gestando una homogeneización alimentaria, y actualmente podemos encontrar alimentos y platos mexicanos en Angola, condimentos de la India en Estados Unidos, cocinas nikkei (fusión japonesa y peruana), entre tantos otros ejemplos.

Y, en esta sobreinformación de cocinas del mundo que se vienen amalgamando surge una gran (gran) pregunta: ¿QUÉ ESTAMOS COMIENDO? ¿Sabemos de qué está hecho eso que consumimos a menudo? ¿Cuáles son sus ingredientes? ¿De dónde vienen? ¿Cómo y quién los produce? ¿Qué procesos pasan la tierra (o el agua) donde se gestan, y los recursos que se utilizan, cómo se transportan, almacenan y comercializan? ¿Cómo viven esas personas que ponen el cuerpo para producir, cazar, pescar, mezclar, recolectar, acopiar, arar y manufacturar eso que llega casi impoluto a una góndola, en paquete brillante o en un perfecto empaque?… 

No obstante, cada vez son más las personas de todo el mundo que se está haciendo estas preguntas, asumiendo que no sabemos qué estamos comiendo. Pero, a su vez, estas preguntas laceran esa profunda relación que existió siempre entre el comer y el ser. Como planteaba la antropóloga chilena Noelia Carrasco Henriquez, somos lo que comemos, pero si no sabemos qué estamos comiendo, ¿Sabemos quiénes somos? Y más aún, ¿las cocinas regionales o culturales siguen siendo expresión de la identidad individual y grupal? ¿O es la cocina globalizada el nuevo orden impuesto para la creación de la cultura e identidad de los pueblos?”. 

Así, Patricia Aguirre plantea que existieron tres grandes cambios estructurales que modificaron las cocinas en la evolución humana, reflejando cada una profundas transformaciones. La  primera fue el omnivorismo, que nos hizo humanos. La segunda, el inicio de la agricultura, que nos hizo desiguales al presentarse la posibilidad de intensificar la producción y obtener excedentes. Y la tercera, fue la revolución industrial, que nos hizo opulentos y, donde la alimentación dio un giro de 180°, los alimentos no sólo nutren (y muchas veces ya ni siquiera lo hacen), sino que son bienes de consumo… O, como lo plantea la misma antropóloga, hoy podemos hablar de O.C.N.Is (Objetos Comestibles No Identificados).

Entonces, quizás sea momento de repensar esta tendencia y comenzar a movilizarnos para reducir esa lejanía entre quienes producen nuestros alimentos, quienes lo comercializan y quienes los consumimos. Saber qué comemos es saber qué y quiénes somos, como individuos y como grupos. Deconstruir nuestras cocinas es, hoy, la única manera de poder reconstruir un camino nuevo, de crear (o recrear) vínculos más amigables, sostenibles, justos y soberanos con nuestro entorno, con nuestros alimentos y con nosotrxs mismxs.