El futuro del sector de la energía

Juan Carlos Villalonga. Ecologista y político. Energías renovables y cambio climático

En el año 2018 se presentó el último ejercicio de Escenarios Energéticos en el que diferentes instituciones pudieron mostrar su visión del sector de la energía para los próximos 25 años. Uno de los datos sobresalientes en ese ejercicio fue la seria dificultad para reducir emisiones por fuera del sector eléctrico. Si bien los escenarios actuaban centralmente sobre la generación de electricidad, se incluyeron diversas medidas de mayor electrificación y de eficiencia energética. Sin embargo, las emisiones de todo el sector energético, no se veían mayormente afectadas. Más allá de algunas cuestiones metodológicas, este ejercicio evidenció que la mera incorporación de renovables no es suficiente para lograr el objetivo de descarbonización total para el 2050.

Este resultado es representativo de la dificultad de desplazar a los combustibles fósiles en sectores como el transporte, en las demandas energéticas de la industria y en algunos usos residenciales. La descarbonización total para mediados de este siglo requerirá de una electrificación profunda de la economía, que las tecnologías de acumulación estén disponibles a gran escala y se puedan eliminar los fósiles de procesos industriales y transporte pesado. Es en este contexto que el hidrógeno ha reaparecido en las discusiones en torno a la descarbonización.


Si bien será en el sector energético donde tendrá mayor impacto el desarrollo del hidrógeno, existen otros sectores de la industria que también se verán beneficiados al utilizarlo como insumo libre de emisiones de CO2. Por esta razón el hidrógeno de origen renovable o “verde” contribuirá a la descarbonización de muy diversos sectores de la economía (energía, metalurgia, industria química, entre otros.).


El hidrógeno verde se ha convertido recientemente en un foco de gran atracción dentro del debate energético. Su gran potencial y flexibilidad para adaptarse a diferentes modalidades de uso permiten especular con su inserción en muy diversos sectores. Su obtención a partir de la electrólisis del agua (separación del hidrógeno y el oxígeno) haciendo uso de energía de origen renovable nos permite obtener un combustible limpio, potencialmente abundante y muy flexible en sus usos.

La irrupción del hidrógeno verde

El reciente y poderoso impulso que ha tomado el hidrógeno “verde” o de origen renovable obedece en gran medida a los recientes avances en materia de política climática global. Es a partir de la adopción del Acuerdo de París (2015) que el rol del hidrógeno adoptó el alto perfil que hoy ha alcanzado. Ocurre que, al precisar las metas climáticas (1,5°C – 2°C), este Acuerdo impone un límite estricto en la cantidad de gases de efecto invernadero (GEI) que pueden ser emitidos globalmente. A partir de esa restricción se puede determinar que para limitar el aumento de la temperatura
acorde a esos objetivos comprometidos debemos lograr la neutralidad de emisiones o cero emisiones netas para mediados de este siglo.

A medida que los países fueron ratificando su adhesión al Acuerdo comenzaron a actualizar sus compromisos nacionales de mitigación (NDC) y, al mismo tiempo, comienzan a desarrollar sus primeras estrategias de largo plazo con el objetivo de lograr la neutralidad a 2050. Es así que se populariza la expresión “transición energética” para describir el proceso de rápida sustitución de los combustibles fósiles por tecnologías energéticas de bajas emisiones. La baja en los costos de la energía renovable que se produjo en los últimos diez años terminó de completar un panorama alentador para el desarrollo del hidrógeno a gran escala. Los planes de transición energética buscan robustecer las políticas de impulso de las renovables, acelerar el ingreso de la movilidad eléctrica, fortalecer programas de eficiencia energética, incorporar redes inteligentes y el uso de nuevos y mejores dispositivos de acumulación energética. El hidrógeno será parte de esa estrategia global cumpliendo un rol esencial en la eliminación de los combustibles fósiles en sectores que son hasta hoy muy complejos para su transformación.

La transición hacia una economía de cero emisiones obliga a poner en marcha rápidamente las tecnologías que nos permitan eliminar las emisiones en sectores tales como la aviación, el transporte marítimo, el ferrocarril, camiones y maquinaria pesada; también en sectores industriales de alta demanda energética y la industria química que utiliza hidrocarburos como insumos. Es en este contexto que el hidrógeno se ubica en un lugar de relevancia para planificar la descarbonización profunda de la economía. La transición energética ya ha dejado de ser un ejercicio de escenarios y ha pasado a ser parte en programas de gobierno, en la planificación de las áreas energéticas en un número creciente de países y dentro del sector corporativo. Hasta el pasado mes de abril se había anunciado la adopción de planes de cero emisiones por parte de 44 países más la Unión Europea; entre estos países suman el 70% de las emisiones globales de CO2.

El nuevo escenario en Argentina
Recientemente, sobre finales de 2020, Argentina actualizó su NDC colocando una nueva meta de emisión para 2030, la que representa sintéticamente una estabilización de las emisiones en los actuales niveles y, tal vez lo más significativo, indica que “el país presentará su estrategia de desarrollo con bajas emisiones a largo plazo en la próxima Conferencia de las Partes a realizarse en Glasgow en 2021, con el objetivo de alcanzar un desarrollo neutral en carbono en el 2050”.
La Argentina se encamina de este modo a un rápido y profundo proceso de descarbonización de la economía. En este escenario local la utilización del hidrógeno deberá tener un rol muy importante, no sólo por sus nuevas aplicaciones como vector energético, sino también en sus múltiples usos en la industria local.

Argentina posee actualmente un mercado local de hidrógeno que demanda aproximadamente unas 350.000 toneladas al año. Este hidrógeno se obtiene a partir del proceso de reforming del metano, proceso que permite extraer el hidrógeno del gas natural liberando a la atmósfera emisiones de CO2, razón por la que se lo denomina hidrógeno “Gris”. La demanda local de hidrógeno se da principalmente en las industrias petroquímica (85%), química (8%) y de refinado de hidrocarburos (7%). Además de contribuir a la descarbonización en el ámbito industrial y energético local,
el hidrógeno verde puede representar para Argentina una gran oportunidad dentro del mercado global del hidrógeno que se está configurando. Muchos de los centros de mayor consumo futuro de hidrógeno, como es el caso de Europa o Japón, difícilmente puedan satisfacer sus propias demandas con producción local.

Dado que la producción del hidrógeno verde requiere de agua y electricidad renovable, su costo de producción depende entre 50% – 75% del costo de la electricidad que se consume. Esto hace que aquellos países que poseen abundantes recursos renovables para producir energía sean quienes se posiciona en mejores condiciones para
suministrar un hidrógeno verde competitivo.

Algunos Interrogantes que surgen en el horizonte
Existen aún un gran interrogante acerca de cuál será la magnitud de la contribución futura del hidrógeno verde o de bajas emisiones. Son múltiples los potenciales usos finales y existen una multiplicidad de medios alternativos de producción y distribución o diferentes cadenas de suministro. La viabilidad económica de cada uno de esos usos
deberá ponerse a prueba en las próximas tres décadas y también dependerá de cómo evolucionen los costos de las otras alternativas tecnológicas. Existen solapamientos con algunas otras tecnologías que se resolverán en los años
venideros en la medida que la evolución de costos determine nichos de aplicación para cada una de ellas, tal es el caso de la competencia entre las baterías de litio para la movilidad eléctrica versus las celdas de combustible en base a hidrógeno. Todo hace pensar que la movilidad liviana se focalizará en las baterías y el transporte pesado (camiones, ferrocarril, marítimo, etc.) será en base a celdas de combustible.

Aun así, estas fronteras están en constante evolución, un ejemplo son las varias automotrices que están desarrollando autos livianos a hidrógeno.
Del mismo modo existe aún una gran incógnita en relación a si las tecnologías de captación y almacenamiento de CO2 pueden llegar a ser lo suficientemente fiables y económicamente convenientes como para así otorgarle al hidrogeno “azul” un rol relevante en la transición energética. Por el momento el hidrógeno “azul”, hidrógeno de origen fósil con captura de carbono, parece más una hipótesis de trabajo que una realidad. Habrá que ver cómo evolucionan estas tecnologías, aunque por ahora nada indica que puedan ofrecer valores económicamente atractivos y que puedan garantizar un almacenamiento seguro y de largo plazo del carbono capturado.


En un escenario de alto consumo de hidrógeno verde se presenta el desafío de la gran demanda de energía eléctrica que lleva implícito ese consumo. En escenarios globales de alta penetración del hidrogeno puede verse que la demanda eléctrica se llega a duplicar respecto de la demanda total actual. Este aspecto es otro de los grandes
desafíos en torno al potencial mercado global del hidrogeno. A raíz de lo anterior ha surgido recientemente quienes proponen el uso del denominado hidrógeno “rosa” obtenido a partir de electricidad provista por centrales nucleares. Esta opción surge ante la hipótesis de que la demanda eléctrica requerida no podrá ser abastecida 100% por renovables y que la nuclear sea considerada como fuente “limpia”, es decir sin incrementar emisiones de carbono.
Para que esto gane aceptación pública se debería pasar por alto los impactos y riegos de la generación nucleoeléctrica, la producción de residuos nucleares y el hecho que ésta sigue siendo un modo extremadamente caro para generar energía eléctrica. El hidrógeno “rosa” plantea otros interrogantes tales como si tiene sentido que el Estado subsidie a la energía nuclear para producir un hidrógeno que luego es comercializado como un comodity en un mercado competitivo.

Muchos de los interrogantes mencionados constituyen un panorama incierto en el que se desarrollará el hidrógeno en nuestro país y a escala global durante esta década. Podemos imaginar que hasta el 2030 se buscará detectar los nichos más competitivos y las cadenas de suministro de hidrógeno más efectivas. También se irán delineando las normativas nacionales e internacionales que configurarán el potencial mercado global del hidrógeno “verde”, esto es, por ejemplo, la certificación del origen “verde” del hidrogeno comercializado o los bienes producidos con él. Alcanzar el objetivo de descarbonización para el 2050 requiere de la puesta a punto del hidrógeno verde de manera de encontrar sustitutos a los fósiles en diversos sectores de la industria, el transporte y la energía. Argentina tiene la necesidad de eliminar emisiones en esos sectores de la economía, pero tiene además el potencial y oportunidad de producir hidrógeno para suplir parte de la demanda global.


El hidrógeno está siendo visto en la región como una gran oportunidad para poner en valor los recursos energéticos renovables que se poseen y ayudar a nuestros países a moderar los impactos de la transición que, en nuestro caso, implica la desaparición de la industria local de los hidrocarburos. En esta perspectiva es que Chile, Uruguay, Brasil y otros países de la región están apostando fuertemente a tener durante esta década un desarrollo incipiente en el hidrógeno. La transición acabará con tecnologías e industrias por completo, también fortalecerá a otras y hará surgir nuevas actividades, el hidrógeno es una de ellas, aunque nadie puede aún predecir con exactitud la dimensión que alcanzará.