Biodiversidad

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Instituto de Conservación de Ballenas: investigación científica para cuidar a los gigantes oceánicos

Por Martín Carrevedo
ICB es una organización civil sin fines de lucro cuya misión es conservar a las ballenas y los océanos mediante la investigación y la educación. Mariano Sironi nos cuenta la importancia de la conservación marina en Argentina y el mundo.

El ICB (Instituto de Conservación de Ballenas) fue fundado en 1996 cuando comenzaron a cooperar con la organización Ocean Alliance de Estados Unidos, para fortalecer y dar continuidad al Programa de Investigación Ballena Franca Austral en la provincia de Chubut, Patagonia Argentina.

 

 

Por medio de una charla con el Dr. Mariano Sironi, Director Científico del Instituto de Conservación de Ballenas, que desde 1995 estudia el comportamiento de las ballenas francas de Península Valdés, pudimos conocer los intereses principales  sobre este animal y los pilares en los que  trabaja para su conservación el Instituto.

 

 

 

 

Para entender este arduo trabajo hay que sumergirse primero en la historia del ICB que se remonta a comienzos de los 70´, en 1971 Roger Payne, biólogo norteamericano y ecologista,  descubrió que las ballenas francas podían identificarse a través del patrón de callosidades de sus cabezas. Ese hallazgo fue el inicio el Programa Ballena Franca Austral que hoy lleva adelante el Instituto en Península Valdés, Patagonia Argentina. Desde 1967 ha estudiado el comportamiento de las ballenas, y condujo más de 100 expediciones en todos los océanos. Es reconocido en el mundo entero, por haber descubierto con su colega Scott Mc Vay, que las ballenas jorobadas cantan y que los sonidos de las ballenas azules y fin pueden escucharse a través de los océanos.

 

 

El Instituto trabaja en Península Valdés hace más 25 años, este lugar es Patrimonio Mundial de la Humanidad por su importancia natural y es un lugar donde viene a dar a luz la Ballena Franca Austral a sus ballenatos, la geografía de esta zona permite fáciles avistamientos.

 

 

La península está formada por dos golfos: el golfo San José al Norte y el golfo Nuevo al Sur. En Abril comienzan a llegar las primeras ballenas y las últimas se retiran en Diciembre, el pico es a finales de Agosto y comienzos de Septiembre.

Mariano nos comenta que el Instituto logró un gran trabajo a lo largo de estos años, conformó entre otras cosas un catálogo con más de 3800 individuos identificados de Ballena Franca Austral, esto ha sido logrado por los relevamientos aéreos en Península Valdés, único lugar donde esta población se concentra en grupos lo suficientemente grandes como para evaluar correctamente su tamaño y tasa de crecimiento. Estudian los callos o partes de piel engrosadas en la cabeza de cada individuo, esto funciona como huellas dactilares para diferenciarlos como en el ser humano.

 

No todas las ballenas regresan a la Península cada año, se estima que la población de la especie, que también visita las costas de países como Sudáfrica, Australia, Brasil o Uruguay, es de aproximadamente unos 15000 individuos en el Hemisferio Sur. 

 

Dado el ciclo de vida largo y la baja frecuencia de pariciones de esta especie, es necesario realizar relevamientos aéreos durante muchos años para estimar la tasa reproductiva, un indicador clave de la salud de la población, y monitorear la tendencia poblacional fotografiándolas principalmente en Septiembre que es cuando las hembras están con sus crías. Es posible estimar la supervivencia, la cantidad de individuos que visitan anualmente Península Valdés, el tamaño y crecimiento de la población, todos aspectos de su dinámica poblacional fundamentales para proteger cualquier especie.

Se reproduce cada tres años, luego de los primeros ocho años las madres están listas para su primer parto. Luego de visitar Península Valdés una vez al año se van, se estudió que se dirigen a las Islas Georgias en busca de alimento (los adolescentes luego del primer año se destetan, a partir de esa edad se van y comienzan a independizarse) y no es la única especie que se dirige allí por esa causa, lo mismo ocurre con la ballena azul por ejemplo. 

 

Se están realizando estudios colaborativos con muchas organizaciones de conservación para colocar transmisores satelitales, se puede seguir sus movimientos desde la página web www.siguiendoballenas.org.ar, en 2019 se marcaron 23 individuos con transmisores, luego de unos seis meses como máximo el mismo deja de transmitir. Al conocer las rutas de estos animales se pueden trazar estrategias de conservación.

A algunos de los 3800 individuos reconocidos en el catálogo los ven frecuentemente año tras año, hay que mencionar que existe un programa de adopción: «adoptando una Ballena Franca Austral contribuirás con fondos para la protección de las ballenas y su hábitat». Se realiza desde el sitio de ICB (www.ballenas.org.ar).

Respecto a la biología de este animal Mariano nos cuenta que llegan a vivir unos 70 años aproximadamente, conociéndose algún caso de individuos que han vivido bastante más aún. El tamaño de esta especie es de 17 metros en estado adulto y pesan unas 6 toneladas. Las hembras más grandes paren crías más grandes, de 4 metros y 4 toneladas, todos datos de ballenas de tamaño promedio (la ballena azul duplica ese tamaño, de hecho en Península Valdés hay avistamientos raros de esta especie y también de la ballena jorobada).

 

 

 

También nos menciona que el turismo de avistaje tiene un efecto sobre las ballenas pero no llega a ser amenaza, les “hace bien”, en Argentina se realiza de manera consciente y eso hace que no sea una actividad perjudicial para la especie. Tiene un componente alto educativo y la revaloriza al poder verse en vivo y en directo. Las empresas comerciales concesionadas son muy responsables, es avistaje de alta calidad.

Un dato muy importante es que la Ballena Franca del Sur se ha ido recuperando en los últimos 20 años mientras que la Ballena Franca del Norte solamente cuenta con unos 400 individuos actualmente, se cree que esta especie está entre los animales con mayores problemas de conservación del mundo.

 

 

En la charla nos comenta que lo que perjudica a nivel mundial su conservación tiene que ver con el calentamiento global, esto afecta al krill, pequeño crustáceo que constituye su principal componente dietario, la contaminación por industrias (petrolera por ejemplo), la contaminación por plástico, al degradarse en el agua los microplásticos llegan en su 80% desde tierra por ductos, luego ríos y finalmente el mar, tristemente no se pueden retirar una vez llegados allí. Por último no podemos olvidarnos de las redes de pesca descartadas en el mar que también se transforman en microplástico.

Pero también diferencia las amenazas directas que afectan a estos animales, como la cacería de los buques balleneros (la política de los balleneros para cazarlas se basa en parar la actividad cuando una especie está lo suficiente comprometida como para llegar a extinguirse, luego cuando se recuperan comienzan con la caza nuevamente), el choque o colisión con barcos (aunque no sea intencionalmente), los enmalles en redes y la interacción con gaviotas cocineras, que les pican en la espalda y quitan pedazos de piel y grasa de la ballena, esto genera estrés en los animales, principalmente en las crías.

Finalmente Mariano nos cuenta que no todo está perdido «existen eficientes estrategias de conservación que han ido ayudando al crecimiento poblacional como la promoción de observación responsable de cetáceos de comunidades que visitan las las costas (de acuerdo con los marcos legales existentes). También se está trabajando para la creación de nuevas áreas marinas costeras, que sumen más áreas protegidas tanto en tierra como en mar para garantizar la biodiversidad y por último se trabaja en tratados para ampliar las áreas o santuarios balleneros en aguas nacionales e internacionales como por ejemplo en Atlántico Sur».