Sustentabilidad

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Los residuos sólidos urbanos: doscientos años de historia porteña

Una sintética descripción de las características más salientes de la generación y el manejo de los residuos domiciliarios de Buenos Aires desde la Revolución de Mayo hasta el presente. ¿Cuáles son los principales desafíos que presenta el manejo de los residuos en la actualidad y qué soluciones hay para enfrentarlos?

Por María Semmartin, María Laura Amdan, Mariano Fredes, Nadia Mazzeo, Verónica Pierini, Josefina Uijt den Bogaard, Laura Ventura y Jimena Vogrig

El manejo de los residuos domésticos ha representado un reto para la humanidad desde los comienzos de la vida sedentaria de nuestra especie. Con variantes en su magnitud y tipo, las necesidades de alimentación, vestimenta, protección y entretenimiento de egipcios, griegos, aztecas, incas o chinos han estado asociadas con la generación de residuos, lo mismo que ocurre en los tiempos presentes. En el caso particular de Buenos Aires, en la época colonial, cuando la ciudad se reducía a unos pocos cientos de viviendas que albergaban un escaso millar de habitantes, la acumulación de residuos domésticos constituía un problema mayor. Los documentos de época revelan los repetidos y frustrados intentos de las autoridades por ordenar su disposición y procesamiento, intentos que no parecen haber sido muy distintos de los que hacen los gobiernos actuales. Solo cambiaron algunos ingredientes de la situación: las molestias que ocasionaban a los vecinos los animales muertos y en descomposición, diseminados en cualquier zanja junto con desechos de cocina o residuos patógenos de enfermos, se transformaron con el correr de los siglos en el contenido de bolsas plásticas, frecuentemente rotas, con residuos malolientes desparramados por todas partes. Las heces de caballos son ahora heces de perros, y los cirujas devinieron cartoneros, pero el problema es, esencialmente, el mismo. Una mirada a lo largo de doscientos años de historia sugiere que las autoridades enfrentaban por lo menos tres obstáculos, que siguen vigentes: la indiferencia de los ciudadanos, las dificultades para encontrar técnicas apropiadas de manejo de los residuos y la necesidad de invertir una porción significativa del dinero de los impuestos para resolver la cuestión. El manejo de residuos no solo tiene una dimensión tecnológica; también implica, ineludiblemente, un intenso y paciente trabajo de educación y la instalación de ciertos valores en las conductas de los ciudadanos.

¿Cuántos y cómo son los residuos de los porteños?

Si bien la cantidad de residuos domésticos diarios desechados por persona ha crecido moderadamente durante los últimos doscientos años (de 1,1kg en 1890 a 1,7kg en la actualidad), la generación total se ha multiplicado, conforme aumentaba la población de la ciudad (figura 1). Las primeras evaluaciones sobre la cantidad de residuos generados en Buenos Aires datan de 1872, cuando se producían unas 73 mil toneladas por año, que crecieron hasta alcanzar más de 600 mil toneladas hacia 1930. Ese incremento acompañó el fuerte aumento poblacional producido, sobre todo, por la persistente llegada de inmigrantes europeos.

Desde mediados del siglo XX, si bien la población de la Capital Federal se mantuvo relativamente estable en unos tres millones de habitantes, la generación de residuos continuó en ascenso, hasta alcanzar 1,8 millones de toneladas anuales en estos tiempos. Lo último sugiere un incremento de la cantidad de residuos por habitante, un aumento del número de personas que trabajan y producen residuos en la ciudad, pero no viven en ella (son hoy unos 1,5 millones) o, lo más probable, una combinación de ambos fenómenos. En una escala temporal más pequeña, es posible advertir que la cantidad de residuos guarda estrecha relación con la actividad económica, como lo revela la comparación de residuos y producto bruto interno entre la década de 1980 y principios del siglo XXI (figura 2).

A su vez, la composición de los residuos varió notablemente durante estos doscientos años. A fines del siglo XIX, unas tres cuartas partes de ellos eran restos vegetales y animales, cenizas y polvo del barrido de las casas; este era abundante en tiempos en que buena parte de la ciudad tenía sus calles sin asfaltar. El resto lo componían latas, vidrios, telas, cuero, loza y cascotes. El estiércol también era un componente importante de los residuos, y si bien una resolución municipal obligaba a los vecinos a sacarlo por la noche o por la mañana temprano, muchos lo entregaban a quinteros para abono de cultivos.

Aun analizando un período más acotado, como los últimos treinta años, es posible advertir cambios importantes en la composición de los residuos (figura 3). La proporción de plásticos, papeles y cartones aumentó en detrimento de la de desechos alimentarios, lo cual refleja la evolución de los hábitos. Es razonable suponer que buena parte de esos cambios se debe a que las personas pasan más tiempo fuera del hogar y consumen comidas rápidas o las reciben en sus casas por los difundidos sistemas de reparto a domicilio de alimentos preparados, precocidos o congelados, todo lo cual implica mayor utilización de envoltorios, bandejas, platos y cubiertos descartables. En el mismo sentido, las compras diarias de víveres de otrora han desaparecido en beneficio de una única compra semanal, por lo general en un supermercado, con lo que las bolsas de feria fueron reemplazadas por el uso masivo de bolsas descartables de polietileno (cuyo uso ha sido objeto de discusión y nueva legislación en los últimos tiempos). Otro ejemplo que explica en buena medida el aumento relativo de los desechos plásticos es el reemplazo masivo de envases de vidrio de agua y bebidas sin alcohol por envases plásticos no retornables, que tuvo lugar a comienzos de la década de 1980. El plástico de estos nuevos envases, politereftalato de etileno (PET), representa en la actualidad aproximadamente el 20% de los desechos plásticos de la ciudad, con casi 70 mil toneladas por año.

¿Cómo se manejaron los residuos de Buenos Aires?

Desde la Revolución de Mayo hasta nuestros días la disposición y el tratamiento de los residuos domiciliarios se fue modificando al ritmo del crecimiento de la ciudad y del cambio de las tecnologías. En términos generales, hubo alternancia entre depositarlos en sitios más o menos alejados y distintas versiones de incineración o de entierro. Su manejo estuvo en manos de la propia administración pública o de contratistas privados en proporciones que variaron con el tiempo, si bien siempre implicó un significativo gasto público. Hoy en día, este asciende a más del 10% del presupuesto total de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Los cambios en estos manejos fueron por lo común graduales y sus características hacen posible identificar distintos períodos.

En el primero de esos períodos, entre fines del siglo XVII y alrededor de 1860, existía un sistema de recolección restringido a la zona céntrica de la ciudad, donde un empleado del municipio entraba cada mañana en los zaguanes de las viviendas para retirar desechos por lo general depositados en recipientes de hojalata. Los cargaba en un carro tirado por caballos y los arrojaba en alguno de los ‘huecos’ dispuestos para tal fin. El sistema era bastante deficiente, igual que otros que se propusieron a lo largo esos años. Las crónicas de época documentan cómo una parte de lo recolectado terminaba en las calles debido al traqueteo del carro por el precario empedrado. Un conjunto de normas establecía los sitios de disposición final y fijaba multas a quienes las violaran.

Los huecos eran depósitos de basura autorizados en tiempos hispánicos por el Cabildo. Solían estar en terrenos bajos y la única medida de manejo adoptada para ellos era construir un muro perimetral que los ocultara, es decir, una mejora visual que solo disminuía en forma ínfima el olor a putrefacción que nunca se pudo eliminar. Muchos de esos huecos son actuales plazas, como las Lavalle y Vicente López, respectivamente los huecos de Zamudio y las Cabecitas. El segundo debió su nombre a que allí se depositaban las cabezas de corderos sacrificados en el matadero del norte, ubicado en el cruce de las actuales avenidas Las Heras y Pueyrredón. Hasta un terreno contiguo a la actual Plaza de Mayo tuvo por un tiempo esa indigna función: el hueco de las Ánimas, que había sido el primer cementerio de Buenos Aires.

Las viviendas también eran sitios de disposición, pues en sus fondos se cavaban pozos en los se quemaban o simplemente enterraban los desperdicios, y estos también tendían a aparecer sin más en los terrenos baldíos. No cuesta entender que el sistema creaba riesgos sanitarios no menores en una ciudad que padeció serias epidemias, como las de fiebre amarilla y cólera.

A partir de 1861 se puede reconocer un segundo período, caracterizado por cierto ordenamiento urbano: los huecos se trasladaron progresivamente hacia el sur mientras la población gravitaba hacia el norte. También, el servicio de recolección y disposición de los residuos comenzó a realizarse por contratistas privados, que se obligaban a quemarlos luego de haber separado aquellos que tuvieran valor de mercado. El sistema de incineración era precario y tenía lugar en baldíos próximos a la urbanización, lo que despertaba las quejas de los vecinos. Así, en 1871 se inauguró oficialmente un vaciadero municipal a orillas del Riachuelo, entre Barracas y Nueva Pompeya. Un año más tarde se instalaron hornallas a cielo abierto en un sitio que por ello comenzó a ser conocido coloquialmente por la Quema.

Disposición de residuos en hornallas a cielo abierto y su incineración en la Quema. Foto: Municipalidad de Buenos Aires, ca.1910, AGN

Como parte de este ordenamiento, los residuos se recolectaban en cada vez más zonas de la ciudad y se transportaban en carros hasta un vaciadero ubicado en Rivadavia y Loria (denominaciones actuales). Allí eran cargados en el tren de la basura, un ramal del Ferrocarril del Oeste que partía de la estación Once de Septiembre, la estación central de la línea, y realizaba tres viajes diarios hasta la Quema con un doble propósito: además de llevar los residuos, transportaba carbón en sentido inverso desde el puerto del Riachuelo, para consumo de las locomotoras.

En la Quema se recuperaban los elementos comerciables y la basura restante se distribuía sin más en hornallas abiertas, sin clasificarla en categorías determinadas por la facilidad de incineración. Los gases de su fermentación, los residuos volátiles de la quema irregular y los abundantes humos afectaban a los vecinos de barrios cercanos.

Quema de basura en la usina de Nueva Pompeya

El comienzo del tercer período acaece hacia 1920, momento en el que las técnicas más avanzadas de tratamiento de residuos consistían en arrojarlos a los ríos, utilizarlos como abono orgánico de cultivos o quemarlos en hornos cerrados. La última opción, practicada en otros países, resultó la más conveniente aquí. A partir de 1908 se incentivó la instalación de incineradores domiciliarios y se construyeron hornos centrales que operaron hasta la inauguración, entre 1926 y 1929, de plantas o usinas incineradoras ubicadas en Chacarita, el bajo de Flores y Nueva Pompeya. Hacia 1930 esas usinas destruían el 80% de los residuos, mientras el resto se enviaba a los vaciaderos que seguían vigentes. Como parte del manejo de los residuos, las usinas empleaban formalmente a cirujas, para recuperar materiales con valor de mercado. Con las cenizas resultantes de la incineración se rellenaban terrenos bajos de la ciudad. Durante este período aumentó notablemente la contaminación atmosférica con hollín, dióxido de carbono, metano, dioxinas, etcétera, emitidos tanto por las usinas centrales como las domiciliarias. La concentración media de partículas en suspensión se duplicó entre 1967 y 1971 (pasó de 0,12 a 0,24mg por metro cúbico). El período finalizó en 1976, con la desactivación definitiva de ambos tipos de incineradores.

Humo en la ciudad. En la época en que operaban los incineradores domésticos (a partir de 1908) y municipales (a partir de 1926) y hasta 1976, los habitantes de Buenos Aires vivían en una atmósfera como la que muestra la imagen. Foto: Municipalidad de Buenos Aires, ca. 1950, AGN.

En 1977 comienza un cuarto período, que se extiende hasta comienzos de la década de 1990. Se caracterizó por el inicio del enterramiento controlado de los residuos en áreas especialmente destinadas a ese propósito, denominadas rellenos sanitarios (ver recuadro ‘¿Qué es un relleno sanitario?’). En 1977 los gobiernos de la provincia de Buenos Aires y de la entonces Capital Federal crearon la empresa Cinturón Ecológico Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE), actualmente en funcionamiento. Ella tomó a su cargo el manejo de la totalidad de los residuos de la ciudad de Buenos Aires y de municipios aledaños bonaerenses que integran el área metropolitana. El relleno sanitario resultó ambientalmente más seguro y disminuyó las emisiones de gases y hollín a la atmósfera, con lo que esta se volvió apreciablemente más límpida.

En sus comienzos no incluyó la clasificación de los residuos ni la recuperación de aquellos con potencial de reciclaje, por lo cual la velocidad de saturación de los predios de disposición resultó muy alta, pues una gran proporción de la basura es de muy lenta degradación biológica y permanece casi inalterada por décadas y hasta siglos. La recolección se puso en manos de empresas contratistas, tanto privadas como municipales, responsables de recoger la basura por las calles seis días por semana y llevarla en camiones a una estación de transferencia, desde donde el CEAMSE la transportaba y sigue transportando en camiones de mayor capacidad hasta el relleno sanitario. Si bien el sistema comprendió todos los barrios de la ciudad, en algunos persistieron basurales a cielo abierto, en particular en el sur.

A partir de la década de 1990 se puede identificar un quinto período, que aún transcurre, caracterizado por una mayor atención general a los asuntos ambientales. En el ámbito nacional se creó el Consejo Federal del Medio Ambiente, además de la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano, ambos orientados a definir políticas para enfrentar los problemas ambientales, entre los que se cuenta el manejo de los residuos domésticos. En 1994, la reforma de la Constitución Nacional incorporó la figura del derecho ambiental.

En concordancia con lo anterior, la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ante la que instituciones ecologistas como Greenpeace, Gaia, FARN, Fundación Ciudad y otras realizaron intensos cabildeos, sancionó la ley 1854 de basura cero, vigente desde 2007. La norma constituye un progreso cualitativo en materia de manejo de residuos, pues establece tanto la reducción progresiva de los aprovechables enviados al relleno sanitario, como la separación y recuperación de ese tipo de materiales. Ello, a su vez, va más allá de las prácticas de disposición de los residuos, ya que apunta a corregir hábitos de consumo y a lograr un uso más racional de los recursos naturales (ver recuadro ‘Las tres erres: reducir, reutilizar y reciclar’). Entre otras disposiciones, prohíbe incinerar basura sin haber realizado determinado porcentaje de separación de residuos.

Fuente: Revista Ciencia Hoy, Volumen 20 número 116

Accedé al trabajo original con el siguiente link: Residuos_Ciencia_Hoy_2010