Areas protegidas

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En busca del pingüino Penacho Amarillo

El fotógrafo de naturaleza Tomás Thibaud cuenta en primera persona su expedición a Isla Pingüino en Santa Cruz. Aventura y disfrute de la naturaleza. ¡Leela!

Por Tomás Thibaud

Uno de los viajes que llevo en mi memoria fue la expedición a la Isla Pingüino, ubicada en la costa centro-norte de la provincia de Santa Cruz, en busca de una especie muy particular: el Pingüino Penacho Amarillo (Eudyptes chrysocome), el más pequeño de los pingüinos crestados. La única colonia de acceso continental de esta especie se encuentra allí, frente a las costas de Puerto Deseado, un sitio que en el año 2012 fue declarado Parque Interjurisdiccional Marino mediante la Ley Nacional 26.818/12. No es sencillo llegar aunque sí posible y extraordinario para los amantes de la aventura y la naturaleza. Es aparte el sitio obligado para que visiten quienes buscan fotografiar esta especie dentro del continente.

Uno de los grandes beneficios que me brindó la fotografía de naturaleza fue el de conocer lugares únicos. Lugares alejados de las urbes. Esos sitios donde no llega cualquiera, sino aquel que va allí en busca de algo especial. Somos muchos los fotógrafos de naturaleza que planeamos viajes específicos para observar algo concreto. Hacemos miles de kilómetros por extensas rutas, y seguimos aún más allá de los caminos realizados por el hombre. Nos apasiona salir del asfalto y hacer nuestro propio camino al andar aunque ni huella haya.

Para llegar a esta isla hay que hacer base en Puerto Deseado, Santa Cruz, y allí averiguar con las distintas empresas que realizan la excursión. Recomiendo ir con varios días pues las condiciones climáticas del lugar, especialmente sus fuertes vientos, pueden hacer fracasar la expedición siendo que ésta se realiza en pequeñas embarcaciones que deben salir de la Ría de Puerto Deseado y meterse mar adentro.

Isla Pingüino, Puerto Deseado, Santa Cruz. PH. Tomás Thibaud

En aquella oportunidad, tuve que esperar varios días para poder finalmente embarcar. Siempre pensando en positivo, la espera y la paciencia me regalaron una oportunidad distinta. El viento no calmaba. Embarcarse era imposible. No podía llegar a la Isla por mar. Se tornaba peligroso. Ansiaba tanto conocer la isla y a los pingüinos que fui a presentarme en las oficinas de la Prefectura para consultar si ellos debían hacer algún viaje de rutina en alguna de sus fuertes embarcaciones. No fue posible aunque mis objetivos me llevaran a evaluar toda alternativa que estuviera a mi alcance.

Mi intención de conocer la isla estaba más firme que nunca aunque las inclemencias climáticas me estuvieran jugando una mala pasada. En un instante, hablando con gente del lugar (algo que siempre recomiendo hacer para encontrar las mejores sugerencias) me dijeron de ir a hablar con un piloto de avión que estaba a un par de cuadras de allí. No lo dude ni un instante. Me presenté en su negocio. Le conté lo que estaba haciendo y que deseaba conocer dicha isla. Le gustó la idea. Conversamos un rato más y coordinamos para el día siguiente. Al momento de subir nos dice, pero si quieren sacar buenas fotos hay que volar sin puerta. Espectacular oportunidad se presentaba. Así lo hicimos. Sobrevolamos la Isla Pingüino en un estupendo atardecer, a baja altura, y con el viento del aire pegando en la cara como si estuviésemos recorriendo una ruta por tierra.

Aún me faltaba ver los pinguinos, pero al menos ya conocía la isla, algo interesante para la orientación antes de ingresar al campo de las aves que quería retratar. Al día siguiente, ya mi ultimo día en Puerto Deseado. Estaba contra reloj. Habíamos decidido quedarnos una noche más para ver si amanecía sin viento. Efectivamente, la naturaleza me regalaría esa oportunidad. Amaneció sin viento aunque muy nublado. La travesía prevista, de poco más de una hora, para llegar a destino se esperaba tranquila.

El bote neumático se deslizaba tranquilamente sobre las aguas de la ría. Repentinamente, casi llegando a la desembocadura de la ría con el mar, una mancha blanca recorrió las aguas. Habían llegado las tan esperadas toninas overas. Esas que se dejaron desear hasta el último día haciéndole honor al nombre del Puerto. Nunca mejor usado ese término de deseo. Los pasajeros pudimos disfrutar de sus saltos, rápidos juegos y corridas sobre las olas. Eran cuatro o cinco toninas que pasaban a gran velocidad por debajo del bote haciéndonos girar las cabezas para no perdernos ningún instante. Pasaban una sobre otra, jugaban con la estela que dejaba la embarcación, y en alguna oportunidad sacaron la cabeza fuera del agua. El espectáculo duró algunos minutos, difícil de calcular, aunque hubieron varios clicks fotográficos. No solo míos. Estábamos todos igual de compenetrados en lo mismo.

Tonina overa. PH. Tomás Thibaud

Son muchas las veces que uno tiene oportunidad de observar distintas especies y no poder retratarlas. Eso ocurre especialmente con la fauna marina más aun si no tenemos equipos subacuáticos. En esas ocasiones hay que esperar que la fauna se muestre. Que salga de su escudo marino a la superficie. Que pegue un salto ornamental, o que asome parte de su cuerpo. Pero esas dificultades hace aun más apasionante la actividad fotográfica. La dificultad de la naturaleza y sus especies hacen que cada foto se transforme en un verdadero logro.

Habiendo atravesado ya la desembocadura de la ría, y estando en mar abierto, uno de los tripulantes avistó una aleta y luego otra. Hacía días que esperaba ver las toninas por lo que verlas dos veces en una misma expedición era para no desaprovechar, pero nos encontramos con algo más: dos delfines australes comenzaron a perseguir la embarcación. Eran marcadas las diferencias con las toninas. Animales de tamaño similar, aunque un poco más grandes los delfines. Su aleta, más esbelta y más delgada. Aparecieron con gran agilidad. En ese momento caía agua del cielo, un chaparrón nos cubría, y lamentablemente la luz no era la mejor para un fotógrafo ansioso por obtener “la imagen”,  aunque los que me conocen sabrán que nada podía interrumpir mi entusiasmo y mi objetivo de fotografiar esos dos delfines. Comportamiento similar a las toninas, pero unos verdaderos surfistas al momento de alejarnos.

PH: Tomás Thibaud

La excursión seguía su rumbo. Aun ni un quinto del viaje en bote habíamos hecho, y ya habíamos disfrutado dos espectáculos privilegiados. Por más que no viéramos nada en la Isla Pingüino, ya el viaje había valido la pena al menos para mi, aunque ni me imaginaba lo que todavía faltaba. Viajamos varios minutos más protegiendo las cámaras con nuestras bolsas estancas, hasta que empezamos a arrimarnos al esperado destino y la Isla Pingüino con su antiguo faro de resalto parecía pedirme que le sacara alguna foto desde el mar. Y así fue. Así lo hice. Imaginen el movimiento de un bote en altamar; una embarcación subir y bajar como un sube y baja por el movimiento de las olas, así es como se logra una foto de la isla y otra del cielo en sucesivas repeticiones.

Luego de hacer un pequeño recorrido por los islotes vecinos para observar los lobos marinos desembarcamos en la isla. Un lugar magnifico. Se notaba que muchos años atrás eso había sido paso de antiguos navegantes. Permanecen aún ruinas de los apostaderos en donde acampaban los cazadores de lobos marinos con el propósito de extraerles el aceite para exportación.

Los primeros en recibirme fueron los pingüinos de Magallanes, de quienes ya tenía infinidad de fotos y creía haber observado hasta el cansancio, pero me encontré con gran cantidad de ellos con pichones, nuevamente un privilegio. Asimismo los pude ver como hacían largas caminatas para ir hasta casi el centro de la isla, pues muchos de ellos, buscando lugares reparados para nidificar se habían instalado en el interior de las ruinas del faro. Se puede decir que tenían nidos de lujo dentro de la antigua construcción hecha por el hombre que alguna vez permaneció allí por largas noches.

Pingüino de Magallanes. PH. Tomás Thibaud

Llegamos luego de una caminata al encuentro con la especie buscada: el pingüino de penacho amarillo. Ese pingüino tan particular y tan coqueto que no se  ve en cualquier lugar. Permanecí un largo rato sentado y acostado sobre las rocas para fotografiarlos y filmarlos. Pero más que ello, para observarlos. Disfrutarlos. Ver sus caminatas en fila y a los saltos. Escuchar sus voces o sonido aturdidor. Una increíble ansiedad recorría mi cuerpo. Quería registrar esas imágenes desde todos los ángulos posibles con todos los distintos lentes. El griterío de los animales se hacia un coro digno de escuchar.

 

Pingüino Penacho Amarillo. PH: Tomas Thibaud

 

Los machos y las hembras jugueteaban. Los que estaban solos se peinaban el penacho con ayuda de sus picos. Estaban los que dormían y los que volvían de darse un baño en el mar. Los que caminaban y los que saltaban. Los que tomaban sol y los que se rascaban. Las que alimentaban a sus crías y las que empollaban. Todo en un solo lugar. Todo se observaba sentado sobre la misma roca, sin necesidad de caminar en busca de una imagen particular. Estaban todas allí y al mismo tiempo.

Pingüino Penacho Amarillo. PH. Tomás Thibaud

Una vez registrados una buena cantidad de momentos, nos trasladamos a otra parte de la isla. En el camino los Skúas nos atacaban. Pasaban volando al ras de nuestras cabezas. Parecían aviones en picada que defendían su territorio. Tal es así que uno lanzo un misil sobre mi cuerpo, imagínense un ave de gran porte defecar en vuelo en picada, cabeza, cuerpo, cámara de fotos. Puntería perfecta. Pero yo disfrutaba el momento de tanta diversidad en tan pequeña superficie perdida en medio del mar, cerca a un Puerto Deseado alejado de la urbe porteña. Permanecimos un rato viendo un apostadero de Lobos Marinos machos únicamente y algún que otro Elefante Marino colado por allí.

Ya de regreso, mientras sacaba fotos desde la embarcación a una isla que parecía hacerse cada vez más chica, apareció algo inesperado nuevamente. Una, dos, en realidad tres aletas. Una familia completa de la conocida Orca. Padre, madre y cría. Encaramos las grandes olas, para intentar estar más cerca, y no nos agotábamos de apreciar una y otra vez esa posibilidad de ver en un solo viaje tanta diversidad. Diversidad que completaría con el avistaje de varias ballenas en Península Valdés ya regresando a mi ciudad natal, Buenos Aires.

Soy un agradecido de semejante experiencia.